28 ene. 2013

Estación de tránsito

por Clifford D. Simak

La novela que hoy tratamos fue la ganadora del prestigioso premio Hugo allá por 1964. Se trata, sin duda alguna, de una de las mejores historias de ciencia-ficción jamás escritas. Nos encontramos ante un claro ejemplo de que la realidad más cotidiana puede estar rodeada de una sutil pátina de ciencia-ficción.

Enoch Wallace lleva una vida apacible y solitaria en su granja de Wisconsin. A simple vista la morada destaca por una regia estructura y por un excelente estado de conservación, pero una inspección desde más cerca desvelará algunos detalles intrigantes. Igualmente curioso resulta el cobertizo adjunto a la casa, donde Enoch vive y pasa los días. Estas son las primeras conclusiones a las que llega Claude Lewis, un agente de la CIA encargado de vigilar durante las venticuatro horas a Enoch Wallace, sospechoso de esconder un turbio secreto.

Enoch es en apariencia un hombre normal de entre 30 y 40 años, pero nadie sabe con exactitud su edad. Los que le conocieron bien hace ya tiempo que fallecieron. Poco se sabe de él, pues apenas trata con sus vecinos ni con nadie de los alrededores. Tan solo el viejo Winslowe Grant, encargado de repartir el correo, entabla relaciones con Enoch. Los que le conocen de vista aseguran además que apenas ha cambiado con el paso de los años, lo cual les resulta inquietante y provoca que le rehuyan aún más si cabe.

La existencia de un hombre extraordinariamente longevo se ha mantenido parcialmente oculta durante años en esta aislada comunidad rural, pero con la llegada de las comunicaciones globales ha llegado un punto en que nadie puede resultar anónimo ni pasar desapercibido, y menos aún alguien como Enoch Wallace.

Estas premisas, dignas de los mejores capítulos de 'The Twilight Zone' o 'The X-files', son el preámbulo a una historia extraordinaria. Porque la longevidad parece ser el menor de los secretos que custodia Enoch. Su aparentemente sencilla casa es en realidad una moderna estación de tránsito interplanetaria. Enoch es el encargado de mantenerla en funcionamiento, así como de recibir y despedir a las especies alienígenas que hacen escala en nuestro planeta para descansar en sus viajes interestelares.

El pulso narrativo es brillante, desvelando poco a poco la evolución de la trama, mostrando recodos y caminos ocultos llenos de sorpresas. Acompañaremos a Enoch en sus tareas cotidianas y veremos como se enfrenta a un dilema moral que dia a dia le corroe por dentro. Seremos partícipes de su angustia por ser el individuo responsable del destino de toda la humanidad; un hombre que ha perdido sus vínculos con el pasado y que apenas comprende el presente deberá decidir el futuro de todos los hombres y mujeres. De esta decisión dependerá que la humanidad conozca o no si existen otras civilizaciones más allá de las estrellas, algo para lo que quizás no estemos aún preparados.

La aparición de sorprendentes personajes (algunos exquisitamente elaborados, como Lucy, otros más erráticos, como el estraterrestre con morfología de roedor) componen una rica amalgama de entes que cohesionan y dan sentido a la obra. La aparición de un conflicto diplomático intergaláctico acabará por aumentar la tensión y provocará una reacción en cadena. De las acciones de Enoch, aconsejado en todo momento por su buen amigo Ulises, dependerá el destino de la Tierra. Todos se resume en una única pregunta: ¿Es la humanidad capaz de aprender de sus errores y convivir en paz?

Si el planteamiento del libro es espectacular, no es menos efectivo el desenlace; quizás demasiado consabido y previsible, pero muy bueno en conjunto. Nos encontramos ante una lectura obligada del género, un libro que merece ser disfrutado (y porque no reeditado) por el bien de la ciencia-ficción.

8.5/10

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